En el abismo
Este relato breve cuenta la experiencia de Flynn mientras que sus compañeros estan Encallados.

La caída fue como subir el último escalón de una escalera que termina en el vacío. Pero no fue hacia abajo. Fue hacia adentro.
Flynn sintió cómo su cuerpo se desarmaba en capas, como si cada pensamiento tuviera peso propio. No había viento. No había sonido. Solo una presión constante, como estar sumergido en algo demasiado denso para ser agua.
Cuando volvió a percibirse a sí mismo, estaba de pie.
Pero el suelo no era suelo.
Era una textura oscura y viscosa, aunque lo suficientemente firme para no hundirse en ella.

Una extensión infinita de superficies orgánicas endurecidas, como roca viva. Pulsaban lentamente, como si el lugar respirara.
—…¿dónde estoy?… —murmuró Flynn internamente—
A lo lejos, algo colgaba.
No brillaba.
Oscurecía.
Un cristal negro, alargado, suspendido por una cuerda que no estaba atada a nada. Como si el espacio mismo lo sostuviera.

Cuando se acercó, el entorno reaccionó.
Las superficies comenzaron a tensarse. Las “paredes” se contrajeron. Un sonido húmedo recorrió todo el plano.
—No sos vos el primero que viene a buscarlo.
La voz no tenía dirección.
—Pero sí sos el primero que entiende lo que es.
Flynn extendió la mano.
El cristal no reflejaba su imagen.
La absorbía.

Y en esa oscuridad, vio fragmentos:
-
Un barco consumido por niebla negra
-
Manos aferrándose a sogas empapadas
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Ojos amarillos bajo el agua
—Es un ancla… —susurró— no un objeto.
En el instante en que lo tocó, el plano reaccionó.
No lo hizo con violencia, sino con una forma de rechazo más profunda, casi instintiva, como si aquel lugar —hasta entonces vasto e indiferente— hubiera recordado de pronto que él no debía estar ahí.

El suelo cedió bajo sus pies y la brea latente se tensó, vibrando con una frecuencia que no pertenecía al sonido. A su alrededor, el espacio comenzó a plegarse en direcciones imposibles, como si intentara cerrarse sobre él sin llegar nunca a tocarlo del todo, delimitando un borde que no terminaba de concretarse.
Flynn no retrocedió.
Tampoco pareció sorprenderse.
Simplemente avanzó un poco más y tiró del cristal.
El gesto no fue brusco, sino firme y sostenido, como si algo en su interior ya comprendiera que aquel objeto no iba a desprenderse por sí solo, como si la acción no fuera tomarlo, sino separarlo de aquello que lo retenía.
Entonces ocurrió.
La cuerda apareció.
No descendió desde ningún punto visible ni se formó ante sus ojos; estaba allí, enrollada alrededor de su muñeca, húmeda y tensa, como si siempre hubiera estado atada a él y recién ahora pudiera percibirse. No había transición, ni origen claro: sólo la certeza de que ese vínculo no era nuevo.
Y en ese instante lo entendió.
No como un pensamiento, sino como una verdad que se imponía sin necesidad de lenguaje.
El cristal no se obtiene. Se asume, y quien lo porte debe ser responsable con él.
El plano reaccionó de nuevo, esta vez sin contención.

La superficie comenzó a fracturarse y la materia perdió su consistencia, volviéndose líquida en cuestión de segundos. Desde todas direcciones, el agua oscura irrumpió con una fuerza que no respondía a corrientes ni gravedad, sino a una voluntad propia, invadiendo el espacio con una densidad casi orgánica.
No lo rodeó.
Lo reclamó.
El mundo entero pareció colapsar hacia un único punto, cerrándose sobre sí mismo en una contracción final que no dejaba lugar a resistencia.
El agua helada lo rodeaba, y por una fracción de segundo no inundo sus pulmones. Contuvo la respiración y comenzó a nadar hacia la luz que se proyectaba sobre él a varios metros.
Lentamente logró desplazarse hasta romper la tension superficial y sentir una brisa cortante que acentuaba el frío del agua que se escurría por su mano. Allí estaba. El cristal oscuro que acababa de tomar.
