Posesión
Este relato breve cuenta la experiencia de Dorogul mientras que sus compañeros estan Encallados.

No hay oscuridad. Hay presión, como si el aire fuera más denso de lo normal.
Dorogul está de pie… pero no siente su cuerpo.
Frente a él, el mar. Quieto, demasiado quieto.
Una figura emerge a lo lejos entre la neblina, caminando sobre la superficie.

Botas húmedas. Paso firme. Inconfundible.
—Otra vez vos. —gruñe Dorogul.
La capitana lo observa, sin apuro.
—No aprendés, ¿no? —responde Harkon.
Dorogul intenta moverse.
Nada.
Ni un músculo.
—¿Qué hiciste?
—Te detuve. —dice ella, simple— Porque podía.
Silencio.

El sonido del agua empieza a cambiar. No es oleaje. Es algo más profundo.
—¡Soltáme! — gruñó Dorogul
—No todavía... — susurro la capitana en su oído con un tono cortante.
Harkon continuó caminando a su alrededor, midiendo cada paso.
—Vinieron por las piedras.
Dorogul frunce el ceño.
—Sí. Y no nos vas a frenar.
—No vine a frenarlos. —corrige ella— Vine a ver si entienden lo que están haciendo.
Harkon hizo una pausa, dejando decantar en la mente del semi orco lo que acababa de sentenciar.
—Son tres. —continuó— Y ya tomaron una...
El mar detrás de ella se ondula apenas.
—¿Y?
—Y eso cambia las reglas.
Dorogul la mira fijo.
—Nos dijeron que con esas cosas podemos terminar con vos.
Por primera vez, Harkon sonríe. No con burla, sino con un tono más… cansado.
—¿Eso te dijeron?
Se acerca un paso.
—Entonces más vale que no fallen.
Silencio.
—¿Qué significa eso? —tensa Dorogul.
Harkon lo ignora.
Mira hacia el horizonte.
—La isla no es lo que parece.
—Ninguna lo es.
—Esta menos.
Esas tres sentencias pausadas de la capitana hacen eco, y el aire se vuelve más pesado.
—El siguiente punto no va a quedarse quieto esperando. —dice ella— Ni para ustedes… ni para lo que viene detrás.
Dorogul aprieta la mandíbula.
—Hablá claro.
Harkon lo mira de frente.
—Si van a seguir, háganlo rápido.
Una pausa.
—Y juntos.
El tono cambia.
Más bajo.
Más filoso.
—Porque si se separan… no van a ser ustedes los que encuentren las otras.

El mar cruje detrás de ella.
Algo se mueve bajo la superficie.
Demasiado grande para entender exactamente qué es.
—¿Qué hay en esta isla, Harkon?
Ella no responde de inmediato.
Solo inclina la cabeza.
—Algo que no debería tocar tierra.
Silencio.
—Y ustedes… ya lo rozaron.
Los guantes le aprietan las manos, y un dolor seco atraviesa el brazo de Dorogul.
—Corré, semi orco. —susurra— o quedate atrás.
La figura comienza a disolverse en bruma.
—Pero no te detengas.

El mundo vuelve de golpe.
Primero llega un dolor punzante en la cien. Después el cuerpo.
Dorogul cae de rodillas, tras un grito seco.
Y luego todo se vuelve negro.
