La isla
Fecha de sesión: 22-01-2026
Fecha en el mundo: 17 Rievnök 1491
Resumen: Llegan a la guarida de Harkon, y los aventureros entablan nuevas relaciones.
Eventos
🧭 Introducción
⚔️ Nudo
🌀 Desenlace
Minuta
El Grip of Death descansaba inmóvil en medio de una llanura seca y fría en pleno invierno, como si hubiese sido abandonado allí por una voluntad ajena. No había costa a la vista. No había viento. Solo el casco oscuro del navío recortado contra un horizonte apagado.
—Esto no es mar —dijo Threin finalmente—. Y el barco no debería estar acá.
Recuperan el aliento. Se preguntan si todo esto que sucedió está ligado a Harkon. Más que una pregunta, es una afirmación interna que cada uno de los aventureros deduce internamente. Tras aclarar algunos asuntos con Vittorio, quien descubre que no es la primera vez que el barco es atacado por fuerzas paranormales, la discusión no tardó en girar alrededor de la misma pregunta: continuar hacia Freyton, o aceptar que algo había cambiado y buscar otro rumbo. Nadie parecía del todo convencido de ninguna opción.
Aseroth se mantuvo atento, recorriendo el entorno con la mirada y un vuelo bajo, atento a cualquier signo de movimiento. Vittorio descendió al bajo cubierta en búsqueda de algún cadaver olvidado. Encontró uno en una suerte de ataúd improvisado, y otro encadenado a una pequeña celda cerca de la proa. Dedico un momento, y las pocas energías que le quedaban para realizar su hechizo de reanimar muertos, con el objetivo de tener una mejor guardia durante la noch. Pero la llanura permanecía quieta, demasiado quieta, como si incluso el mundo hubiese decidido contener la respiración.
Mientras tanto, Dorogul descendió al camarote del capitán. Llevaba consigo varias pertenencias de Harkon, reliquias que aún parecían cargar con un peso que no era del todo material. Los guantes son tal vez la más evidente. Aunque la esencia que se embebió en su hacha tras destruir la espada de Harkon latía internamente a la vista de nadie. Cerca del escritorio, empotrada en la pared, descubrió una ranura metálica. No era decorativa. No era accidental. Aunque sí era bastante pequeña, no más de unos diez centímetros. Ante su presencia, el orificio rectangular metálico se expandió de una forma surreal. Lenta, casi sin ruido, triplicando su longitud. Su hacha de doble filo encajó allí con una precisión inquietante.
—Ahá!… —murmuró por lo bajo—. Debe ser para mí. —pensó, luego de investigar la habitación por varios minutos—.
Pasó casi una hora intentando entender el mecanismo. Nada parecía activarse… salvo los faroles del barco, que comenzaron a encenderse y apagarse de forma regular, como si una energía espectral recorriera la cubierta y el bajo cubierta, respondiendo a algo que nadie terminaba de comprender.
Threin entró al camarote y observó la escena en silencio unos segundos.
—Esto no es normal —dijo—. El barco estaba a más de cien kilómetros. No hay maniobra, ritual ni viento que explique que esté acá, tan cerca… y entero.
Dorogul no respondió de inmediato. Volvió a intentar mover el arma, girarla, retirarla, volverla a encastrar.
—Si vino, puede irse —respondió con obstinación el minotauro—. No pienso dejarlo varado. Eh? Que es eso que tenés ahí?
Entre palabras y con intención aunque sin mucho conocimiento, Dorogul muestra al capitán lo que acaba de descubrir. Este, de inmediato, intenta mover el hacha encastrada sobre la pared, sin suerte alguna. —A ver, move de nuevo el hacha. Porque creo que esta vinculado a vos. Intenté empujarla pero no cede ni medio centímetro. —
Al mismo tiempo, Aseroth encuentra a Vittorio ejecutando un ritual llamativo, que le eriza un poco los pelos de la nuca. Es clara la incomodidad del aasimar sobre las acciones de su compañero. Termina por alejarse, accediendo a que un par más de defensas no estarán tan mal, y se dirige al camarote del capitán despues de ver varias luces que parpadean con cierta pausa a lo largo de todo el barco.
Aseroth encuentra a Threin y Dorogul conversando, y familiarizándose con las recientes interacciones. Tras varios intentos fallidos y una discusión que fue subiendo de tono, Vittorio que intentaba dormir bajo cubierta se acerca y pregunta
—Que les pasa? No van a dormir?—
Se hizo un silencio incomodo.
—Díganme que por lo menos saben como mover esta cosa. —
Antes de que el grupo decida detenerse y descansar, la recomendación de Vittorio sonaba acertada, descansar y continuar con la cabeza más fría al amanecer.
No paso mucho tiempo más.
Un sacudón recorrió el casco. Todos perdieron el equilibrio por un instante. El suelo pareció temblar levemente bajo sus pies y, en el tiempo que tarda un parpadeo, el Grip of Death volvió a mecerse… esta vez sobre el agua.
Nadie tuvo una respuesta clara en ese instante. Solo sabían que el barco había reaccionado, de algún modo, a las acciones erráticas de Dorogul… y a la conversación extraña y casi críptica que habían tenido con el mapa sentiente de Kraum, intentando fijar la ubicación exacta de la isla de Harkon.
—¿Qué pasó? —preguntó Vittorio.
En medio segundo, Aseroth volteó y miro por la ventana.
—Agua...— dijo en un tono esperanzador, aunque desconcertante.
Con paso firme y pesado, en plena noche, Threin subió a cubierta. Observó las estrellas, leyó patrones conocidos y otros que no terminaban de encajar.
—Ynfra… por ahora. Todavía estamos cerca —dijo para sí—. Algún punto del norte de la bahía, más cerca de Freyton. —
La calma recorrió poco a poco a todos. Durmieron entrecortado, pero durmieron al fin. Con la primera luz del alba, retomaron el rumbo. El peligro inminente había desaparecido, y mientras conversan entre todos, Threin decide consultar el mapa de Kraum. Coloca junto a él el mapa continental y el del tesoro de Harkon. Una pregunta pendiente vuelve a cobrar forma.
—¿Dónde se encuentra el origen de esta maldición que nos acecha hace semanas?— dijo el minotauro al mapa que respondió de forma elaborada aunque con la misma voz rasposa y característica, igual que la noche anterior. Esta vez, el mapa de Kraum parecía más… cooperativo.
Navegaron hacia el noroeste de la península que cerraba la bahía de Freyton. Pasaron cerca de una isla menor, conocida como el Laberinto del Bailarín, pero nadie propuso detenerse. El destino era la isla central.
Anclaron cerca de una playa pequeña en la costa oeste. Aseroth tomó altura de inmediato y desde el aire distinguió dos figuras varadas en la costa. Más allá, a unos cien metros, los restos de un velero destrozado contra un arrecife rocoso.
El grupo avanzó con cautela. Anclaron el barco a distancia prudente y descendieron en aguas poco profundas. Vittorio bajo y monto su caballo no muerto, una imagen espeluznante para los náufragos que observaban hablando entre ellos a lo lejos.
Aseroth fue el primero en hablar cuando estuvieron lo suficientemente cerca.
—¿Qué les pasó?—
Los náufragos se presentaron como Rex y Flynn. Dijeron haber navegado hacia el norte cuando una tormenta los alcanzó. El naufragio había ocurrido hacía apenas unas horas. Threin les esbozó algunas preguntas más, aún con un poco de desconfianza.
Flynn no tardó en tensarse al reconocer el barco del que descendían los aventureros.
—Ese barco… —dijo, bajando la voz—. Conozco su nombre. Y a su capitana.—
Miró uno por uno a los presentes.
—Ustedes no encajan con lo que sé. ¿Qué hacen con él? Y más importante, ¿por qué lo trajeron hasta acá?—
Rex, en cambio, parecía incapaz de contener su entusiasmo. Escuchaba, preguntaba, tomaba notas en un libro —sorprendentemente seco— y agradeció casi con devoción la cantimplora que Aseroth le ofreció.
—Fascinante… simplemente fascinante —murmuraba, antes de lanzar algún comentario ácido hacia Flynn—. Aunque claro, capitán… quizás esquivar un arrecife hubiese sido una buena idea.
Finalmente, el grupo decidió incorporarlos como acompañantes temporales. El clima era hostil y la isla no inspiraba confianza. Threin, sin embargo, no les quitó los ojos de encima mientras avanzaban tierra adentro, dejando el Grip of Death anclado cerca de la costa.
Aseroth volvió a elevarse, adelantándose al grupo.
Desde el aire, la isla se reveló como un lugar crudo, casi deliberadamente inhóspito. Dos árboles dominaban el paisaje. Uno, lejano y colosal, con una copa irregular de la que parecía desprenderse humo… ¿o brasas? El otro, más cercano, mostraba un corte preciso, casi artesanal... y definitivamente inhumano.
—¿Quién corta algo así…? —pensó.
Cerca de la base del árbol mejor conservado, un brillo llamó su atención. Descendió. A poco más de un metro del suelo, encontró una puerta labrada directamente en la corteza.
La abrió.
—¿Quién osa abrir esta puerta? —susurró una voz antigua.
Una ráfaga de aire viciado escapó del interior, cargada de humedad y encierro. Dentro, una cámara antigua. Y un único habitante: un Galapa, un hombre tortuga de edad imposible de calcular.
—Soy el guardián de este lugar —dijo— y mi nombre no importa — respondiendo a la pregunta obvia del aasimar que acababa de entrar en su salón.
El anciano les habló de tres lugares.
—Si quieren deshacerse de Harkon Roja, —advirtió—deberán enfrentarlos en orden.
El primero era un arrecife mayor, coronado por dos remolinos de agua helada.
—Allí encontrarán la primera de las tres llaves —concluyó—. Solo entonces comenzarán a entender qué es lo que realmente la ata a esta isla.
Honestamente, al viejo le costaba recordar con precisión cómo debía guiarlos. No lo ocultó demasiado. Después de todo, había pasado los últimos cuatro o cinco siglos dormido, según comentó con total naturalidad.
—Cuando completen ese desafío, búsquenme que aquí estaré para guiarlos nuevamente.—
El grupo comenzó a avanzar, con paso lento pero seguro.
—Ya los alcanzo— dijo Aseroth, mientras se detenía para consultar una última indicación al anciano Galapa.
Las palabras que intercambiaron fueron crípticas, o al menos así las percibió Rex, que se había quedado unos pasos atrás intentando captar algo más de la conversación. Aseroth se giró y, con un tono firme, casi amenazante, le indicó que siguiera con el resto del grupo. Que ya los alcanzaba.
Tras un intercambio breve, cargado de una familiaridad inesperada, el anciano apoyó suavemente su bastón contra el suelo, liberando un pequeño pulso de energía mágica.
—No puedo creer que conozcas a Gyamtso. Pasaron tantos años... Me alegra saber que esta bien.—
Aseroth se incorporó al grupo unos minutos después.
El avance se vio interrumpido por un acantilado bajo, de no más de cinco o seis metros hasta el agua helada. A lo lejos, una formación de rocas poco definida se recortaba contra el mar, con corrientes que se perdían a ambos lados, tragadas por los remolinos.
Debatieron si regresar por el barco o continuar desde allí, saltando, nadando o volando. Las opciones eran pocas. Pero debían avanzar si querían seguir las indicaciones del anciano… y, sobre todo, si pretendían resolver el enigma que mantenía a Harkon atada a esa isla tétrica e inhóspita.
Dorogul alzó el Cryptex una vez más, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo, y extendió el brazo en dirección al mar. El silencio fue inmediato. Pétreo. Frío.
Sin poder reconocer un origen claro, todos escucharon una superposición de voces, de distintos matices y tonos, seguidas por un zumbido ensordecedor que los dejó inmóviles, mirando al vacío.
—No jueguen con esto… —susurró una voz, acompañada de un chirrido áspero, ¿de piedra?
—No jueguen con esto —repitió una voz femenina, profunda.
—¡NO JUEGUEN CON ESTO! —rugió algo primordial, haciendo vibrarles la sien.
Frente a ellos, cinco plataformas de roca emergieron desde las profundidades del mar, cubiertas de algas. El agua escurría entre ellas, arrastrando peces que caían al vacío. Las rocas se alinearon formando un camino incómodo, inestable, pero claramente intencional.
Pocos segundos después, Dorogul sintió cómo una fina capa de hielo comenzaba a formarse sobre el Cryptex. Las arandelas se fijaron en su lugar, rígidas, inamovibles. Ninguna palabra se formó. De no haber sido por el guante, probablemente hubiese perdido un dedo.
Guardó el artefacto sin decir nada. Continuaron.
Improvisaron una maniobra rústica: ataron una soga a unas cañas de bambú ubicadas a unos quince metros del acantilado. Aseroth voló hacia la primera plataforma sosteniendo el otro extremo.
Antes de que comenzaran a cruzar, Vittorio tuvo una idea… cuestionable.
Bajó del caballo y le ordenó saltar hacia donde estaba Aseroth. El caballo no muerto obedeció sin dudar y aterrizó con firmeza al otro lado. No eran más de cinco metros.
Vittorio repitió la orden. Dos de dos. Tres de tres. Parecía sencillo, hasta que dejó de serlo.
En el cuarto salto, el caballo cayó al agua helada. Nadie celebró la maniobra. Tampoco la discutieron.
Vittorio, confiado tras ver esto, intentó replicar la maniobra. Pero cayó casi de inmediato al agua, tras una salpicadura inesperada. Comenzó a hundirse, arrastrado por el peso de la cota de malla que llevaba puesta.
Aseroth no dudó. Saltó con la soga en mano y se arrojó al agua helada. Se sumergió y alcanzó a Vittorio casi dos metros bajo la superficie. Antes de salir, distinguió una silueta moviéndose en las profundidades, acercándose.
Con una fuerza inhumana, emergió arrastrando a Vittorio del brazo. Ambos cayeron sobre la primera roca, tiritando.
Del otro lado quedaba Threin, el último en cruzar. Logró ver una aleta extraña que se asomó luego de que sus compañeros salieran del agua. Respiró hondo, se ató la soga a la cintura, tomó carrera y saltó. Llegó apenas. Su peso quebró parte del borde de la roca y comenzó a caer hacia atrás.
Aseroth y Dorogul reaccionaron al instante. Con ayuda de Rex y Flynn, tiraron de la soga y lograron salvarlo antes de que cayera al agua.
El tiempo apremiaba. El clima no ayudaba. El entorno era brutalmente hostil. Y no tenían del todo claro qué era exactamente lo que debían encontrar.
Solo recordaban las palabras del anciano:
—Cuando lo vean… sabrán que es eso lo que están buscando.