04 - El peso de lo que responde
El vapor del té aún flotaba en el aire cuando Aseroth levantó el brazo.
La luz tenue de las velas se reflejó en la superficie pulida del orbe incrustado en su antebrazo izquierdo. No brillaba con fuerza, pero tampoco estaba inerte. Respiraba… de alguna manera.
—Kael… —dijo, sin apartar la vista de la esfera—. ¿Conocés algo sobre los refractos?
El anciano Galapa no respondió de inmediato. Entrecerró los ojos, inclinando apenas la cabeza, como si estuviera observando algo más allá de la piedra misma.
—Hace tiempo que no veía uno… —murmuró al fin—. Y mucho menos… así.
Se acercó un poco, lo suficiente para notar cómo la piel alrededor del cristal parecía aceptar —o tolerar— su presencia.
—Diría que deberías saber más que yo —continuó—. No cualquiera logra vincularse a un refracto.
Aseroth negó suavemente.
—No fue algo que buscara. Ocurrió… sin más.
El silencio que siguió fue algo incómodo, aunque ceso casi de inmediato.
—Vaya… —exhaló Kael’Thir, ahora con un dejo genuino de sorpresa—. Entonces es peor de lo que creía.
El aasimar alzó la mirada.
—¿Peor?
El anciano se enderezó lentamente, apoyando su peso sobre el bastón.
—Los refractos no son moneda corriente. No son herramientas. Son… condensaciones de magia en su estado más puro. —hizo una pausa—. Y rara vez algo así se manifiesta sin sentido.
Aseroth frunció el ceño.
—No es el único. Encontramos otros. Los tienen mis compañeros.
Kael asintió, pero su expresión no se suavizó.
—Entonces escuchen bien —dijo, ahora con más firmeza—. No son juguetes. Canalizan la magia de formas que ni siquiera los más sabios comprenden del todo. Y si se fuerzan… o se usan sin medida… el precio no siempre lo paga quien los sostiene.
El aasimar desvió la mirada hacia el suelo de madera.
—He escuchado cosas… —admitió—. Profecías. Historias. Cambios.
—Siempre hay historias —respondió Kael—. Pero no todas son siempre capaces de dejar una marca en los libros.
Se inclinó apenas hacia él.
—Esto que llevás en tu brazo… sí.
El silencio volvió, más pesado que antes.
Aseroth respiró hondo.
Kael pronunció unas palabras que transmitieron estabilidad con un tinte de peligro en el Aasimar— Me animo a decir que ustedes llegaron acá en un momento elemental para escribir estas marcas en la historia del plano.
El crujido de la madera acompañó el leve giro del aasimar. Ambos contemplaron el aire cálido del recinto por unos momentos.

—Otra cosa que creo necesaria saber —insistió Aseroth—. Ya que conseguimos una de las tres piedras que mencionaste, ¿qué es exactamente esta isla?
Kael’Thir tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz ya no tenía la misma ligereza.
—Hace muchos años… un grupo de Sapientias decidió enfrentar un problema que nadie más quería tocar.
Aseroth lo observó en silencio.
—Un Behemothi —continuó—. Una creación de los dioses. De Ektis para ser más preciso… quedó abandonada a su suerte.
El nombre pareció enfriar el aire.
—¿Un Behemothi?
Kael alzó la vista buscando algo en el aire, como si recordara algo demasiado antiguo.
—Las deidades crean… y a veces olvidan. —apoyó el bastón— Los Colossi… los Behemothi… son eso. Manifestaciones. Fragmentos de voluntad divina, sin voluntad propia.
—¿Y este?
—Quedó solo —respondió—. Sin guía... y sin límitantes.
La mirada del anciano se endureció.
—Y empezó a moverse. Por donde no debía.
El aasimar sintió un leve estremecimiento.
—¿Ynfra…?
—Por los mares en general. Pero sí, Ynfra fue una de las regiones más afectadas —asintió el anciano con un desdén intranquilo.— Costas arrasadas. Rutas comerciales destruidas. Gente desapareciendo sin dejar rastro.
El silencio volvió, pero ahora era distinto. Más tangible.
—¿Y ahora está acá? —preguntó el aasimar—. ¿Encerrado?
—Hace siglos —respondió el anciano—. Y no por voluntad propia.
Se giró levemente, como si enumerara recuerdos.
—Harkon… Friederik… y una elfa. Larenhale, creo. De Fortbuft. Ellos forjaron las llaves, y se debían encargar de mantener la isla estable.
Aseroth alzó la cabeza de inmediato.
—Bueno, demás está decir que ya tuvimos altercados con Harkon... — sonrió irónicamente— Por ella estamos acá.
Se detuvo en silencio unos segundos— También hemos cruzado caminos con la elfa Larenhale...— Tragó saliva y continuó— -...la conocemos.
Kael lo miró con atención.
—Entonces entienden mejor que yo lo peligroso que es todo esto.
El aasimar permaneció en silencio unos segundos.
—Nosotros vinimos por el barco —admitió finalmente—. El Grip of Death. Creímos que… era solo una maldición.
El anciano dejó escapar una leve risa seca.
—No, muchacho. —negó con la cabeza—. Eso sería demasiado sencillo.
Se acercó un paso.
—Ese barco no es el problema. Es la isla... y quien este a cargo del navío.
Aseroth no respondió.
—Alguien tiene que sostener la prisión —continuó Kael—. Siempre. Yo cuido las piedras. Otros forjaron las llaves y juraron mantener a raya esa bestia.
—Entonces, Corrila, Harkon y este tal Friederik fueron los ultimos guardianes. ¿Alguien más?
—La corte marina probablemente —asintió—. Los fundadores ya no están. Pero el pacto sigue.
La mirada del aasimar se tensó.
—Alguna vez acudieron a ellos para acorralar a la bestia aquí. Y no me sorprende que los hayan dejado llegar tan lejos.
—Entonces no podemos simplemente… romperlo.—dijo Aseroth
—No sin consecuencias —sentenció Kael.
El fuego de las velas titiló.
—Si liberan lo que está atado… alguien tendrá que ocupar su lugar.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.
Aseroth se incorporó lentamente.
—Entonces tengo que irme —dijo—. Ya.
Kael asintió, sin intentar detenerlo.
—Tus compañeros partieron hacia el barco —agregó—. Dudaban entre el noroeste y el sur.
El aasimar hizo un gesto leve con la cabeza.
—Los alcanzaré.
Cuando estaba por salir, el anciano lo llamó.
—Aseroth.
Se giró.
Kael extendía una pequeña bolsa, de tela áspera.
—Estos guisantes estan hechos de lo mismo que te dí antes —explicó—. Espero que no lo necesiten. Pero más vale lo tengan a mano en caso que sufran efectos similares a lo que te pasó.
Aseroth la tomó.
—Gracias.
Hubo un instante de pausa.
—Vamos a ser más cuidadosos esta vez.
El anciano esbozó una sonrisa apenas perceptible.
—Eso espero.
Aseroth salió sin decir más.
Detrás de él, entre sombras y madera antigua, Kael’Thir permaneció inmóvil.
Esperando.
Como siempre.